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May 21

El suegro de Ignacio Romero se pasea por Elgeta

* POR IÑAKI ANASAGASTI, SENADOR DE EAJ/PNV

 

ESTUDIABA yo Economía en la Universidad Católica de los jesuitas en Caracas. Un fin de semana me pidieron en nombre de EGI (Euzko Gastedi del Interior) que me ocupara de la acción clandestina que llevaba el Grupo desde Venezuela que era la Txalupa (Radio Euzkadi con tres programas diarios de media hora transmitiendo en onda corta) y la revista Gudari. Su entonces responsable, el abogado donostiarra Alberto Elosegui, se trasladaba con su familia a Londres y necesitaban un loco como yo para ocuparse de esas cosas. Eso sí, desde la clandestinidad, sin decir nada a mi familia y asumiendo un nombre supuesto.

Alberto Elosegui tenía dos. Paul de Garat y Pablo Romero. Yo, desde entonces, iba a ser Ignacio Romero y toda la correspondencia a futuro llegaría con ese nombre. De esta forma me convertí en Ignacio Romero hasta el punto de que en unas navidades, cuando fui a visitar al vicepresidente Joseba Rezola en su casa de Donibane, fui como Ignacio Romero. “Con ese nombre me lo imaginaba a usted con más edad y una guitarra”, fue el saludo que me hizo aquel fantástico abertzale.

Ya casi he olvidado que un día fui Ignacio Romero pero, cuando de vez en cuando veo el nombre, recuerdo aquellos viejos tiempos de doble vida y la descripción de Rezola. Así que mis ojos no podían dejar de fijarse en un reportaje que el diario El Mundo publicó el pasado sábado 12 de mayo. Decía en el título: “Ignacio Romero. El yerno carlista del ministro” y le acompañaban dos fotos. Una, de este Ignacio Romero; otra, del ministro Morenés con su hija. El novio, Ignacio Romero, llevaba el uniforme de gala de maestrante, y parecía un domador del circo de Ángel Cristo. Sable, sombrero con un penacho de plumas, casaca roja con galones y botas con espuelas.

¡Caramba!, me dije. ¿Quién será este personaje tan disfrazado? El hombre no tenía la pinta de un resistente clandestino y por eso me interesó la descripción que hacía Antonio Rossi de mi homónimo Ignacio Romero.

“Pedro Morenés y Álvarez de Eulate, actual ministro de Defensa, es aristócrata de cuna. Como otros muchos políticos del PP, su familia entronca con la más pura nobleza española. Es hijo de los vizcondes de Alesón y nieto de los condes de Asalto, distinguidos con la Grandeza de España, además de ser pariente directo de los marqueses de Perinat o de los trágicamente asesinados marqueses de Urquijo. Esta pasada semana se celebró en Sevilla la boda de su hija mayor Isabela. Pedro Morenés Eulate, como se le conoce oficialmente ya que ha preferido suprimir el Álvarez de quizás por no sacar a relucir su noble linaje, está casado con la vizcaina Goretti Escauriaza y tiene tres hijos: Ramón, Isabela y Sofía.

La boda ha pasado casi desapercibida en las revistas, pero ha sido uno de los enlaces más comentados de la ciudad. Y no por el ministro y parte de los miembros de la ejecutiva del PP que acudieron al enlace, sino por el novio. Ha sido una boda buenísima, él es un partidazo, repiten sin cesar. Ignacio Romero Contreras no tiene título, pero puede presumir de linaje aristocrático puro y posee una historia familiar ligada al carlismo (movimiento político que reivindica desde 1833 el trono español para los descendientes de don Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, en vez de los de su hija Isabel II), tanto por la vía paterna como por la materna. Causa que por cierto él defiende de manera explícita. En su blog personal, se define como “católico, apostólico, panibérico, tradicionalista a la par que liberal y del Atlético de Madrid”. Su padre, Enrique Romero y Solís, es el duodécimo de los catorce hijos que tuvo Ignacio Romero y Osborne, V marqués de Marchelina, un histórico activista de la causa carlista. Por él precisamente le pusieron Ignacio. En 1936, su abuelo, el marqués, teniente de artillería retirado, traficó junto a Manuel Fal Conde con armas para apoyar las sublevaciones contra la República y en los 70, y como jefe del Partido Carlista.

Dios los cría y ellos se juntan, pensé. Seguramente a esa boda no le hubieran invitado los Morenés a Sabino Arana. La Real Maestranza de Caballería de Sevilla se remonta a 1670. Es una institución nobiliaria cuyo hermano mayor es el rey. Según sus normas, para ser miembro es imprescindible “ser español, profesar la fe católica, probar la nobleza de los cuatro primeros apellidos, acreditar una excelente conducta moral y no tener deudas”.

Leyendo todas estas descripciones me di cuenta de que cuando el martes pasado el ministro Morenés fue al Senado a contestar dos preguntas, de Alberto Unamunzaga y mía, sobre las maniobras militares en Elgeta, no sabía que este señor de Neguri había pasado un fin de semana tan patriótico y que quizás esto le obligaba a contestarnos como si de un parte de guerra del cuartel del Generalísimo se tratara. En efecto. Mi pregunta le inquiría sobre cuáles eran las razones por las que el mismo día, 24 de abril, en que se cumplían 75 años de la entrada en Elgeta de aquel salvaje, el general Camilo Alonso Vega, a quien sus compañeros de armas por bruto le llamaban Don Camulo, el actual ejército español sorpresivamente y sin aviso previo pasaba por Elgeta como recordando a sus habitantes que aquello había sido una conquista militar después de durísima batalla en las Intxortas, miles de muertos y a dos días del bombardeo de Gernika. El ministro, muy digno, como si tuviera puesto el traje de maestrante, me contestó:

“Señoría, llamar maniobras militares al paso de treinta soldados en una marcha por Elgeta me parece exagerado. Los soldados hacían turnos por secciones de compañía de treinta personas. Pasaron por Elgeta como un punto más de un amplio circuito dentro de Guipúzcoa que empezaba en Deba y terminaba en Tolosa; cosa que, por cierto, hacen frecuentemente. No se realizó ningún tipo de actividad peligrosa para la población, no se causó objetivamente ningún tipo de molestia, se escogieron las primeras horas del día -las seis de la mañana- para minimizar el impacto causado al tráfico rodado o incomodidades para los vecinos. Además, como su señoría sabe perfectamente, el Ejército de Tierra está en su pleno derecho y, sobre todo, en su deber de realizar estos ejercicios cómo, cuándo y dónde considere necesario en todo el territorio nacional para cumplir con su obligación de adiestramiento y, con ello, de sus misiones” (aplausos en los escaños del Grupo Parlamentario Popular en el Senado).

Lógicamente no me quedé satisfecho con la respuesta y le dije que si quería en lugar de “maniobras militares” le llamáramos “paseos militares” sin aviso, porque sí y obviando un aniversario tan luctuoso, pero el hombre se mantuvo en sus trece. Lo mío era grandilocuencia mal intencionada, exageraciones añadiendo que él además hundía sus raíces en el País Vasco “exactamente igual que usted, y por eso, las hundo también en España” (Grandes aplausos en los escaños del Grupo Popular).

La siguiente pregunta fue la del senador por Amaiur, Alberto Unamunzaga, que leyó el terrible testimonio que aparecía escrito en una placa que se encuentra en el caserío Alontsotegi Bazterrekoa, situado en Elgeta y que es el caserío de su familia: “Cuando los franquistas llegaron al caserío el 24 de abril de 1937, sábado, a las cuatro de la tarde, nuestro padre y otros siete vascos estaban guarnecidos en un hoyo junto a la casa, ya que los bombardeos eran terribles. Les dijeron en español: Salid todos para morir. Nuestro padre, Vicente Garay, salió diciendo que él era el dueño de la casa y que qué querían. Le respondieron: ¡Manos arriba! Y le dispararon matándolo en el acto. A otros tres los mataron junto a la puerta, y a los otros cuatro los abatieron junto a otra puerta. Había naturales de Azpeitia y de Mondragón. Nuestro hermano, el hermano de mi abuela -al que he tenido la grandísima suerte de conocer- con 11 años fue testigo; vivió todo aquello; y los enterraron junto a la casa, en los agujeros de las bombas producidas por la aviación alemana”.

Este es uno de entre los, desgraciadamente, demasiados testimonios de familias que fueron víctimas de los hechos ocurridos el 24 de abril del 37, el día en que las tropas franquistas entraron en Elgeta, dejando a su paso un reguero de asesinatos y de violaciones. Pero el ministro ni se inmutó. Como toda explicación le contestó lo mismo que a mí y cerró justificando la violencia con este comentario:

“Dado que parece que conoce bien la historia de Elgeta, le diré que habrá reparado en la imposibilidad total de encontrar un solo día del año en el que no se haya combatido a lo largo de la historia en el pueblo y sus proximidades. Solo en los últimos 220 años, desde la Guerra del Rosellón a la Guerra Civil, pasando por la Guerra de la Independencia y las Guerras Carlistas, no encontraríamos una sola fecha libre de suceso luctuoso”. Y se quedó tan pancho. Entiendo porqué Ignacio Romero fue a la boda vestido de maestrante.

 

Fuente: Noticias de Gipuzkoa

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